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martes, 13 de febrero de 2018

MALENA (II)


Malena salió cuando la noche aún cubría el cielo. Miró a ambos lados y empezó a correr.  Después de algunos minutos entró  por  la misma puerta, llegó caminando por el lado izquierdo de la calle.
El azul intenso con un naranja eclipsado bordea el cielo. El alumbrado público continúa  prendido. En eso, doña anita cruza la acera, equilibra su cuerpo con las bolsas repletas de pan. Malena volvió a salir,  observa a la derecha y empieza a correr.

domingo, 21 de enero de 2018

¿QUEDARSE O PARTIR?

Mañana nada permanecerá igual porque aunque creamos estar en el mismo sitio, solo se trata de una ilusión. Nuestros pasos son impermanentes como la sombra y la mirada.

viernes, 5 de enero de 2018

DOMINGO


Si este domingo no tuviera prisa llegaríamos a la tarde menos cansados, aun el brillo del sol calentaría la vereda donde los perros del barrio esperan mientras duermen.
Dediqué una canción un domingo de enero después de su despedida, al día siguiente la borré para creer que su abandono fue una mentira.
El domingo –junto a la mudanza- dejamos el aliento y el agobio, nos alejamos para regresar a través de un pequeño río transparente, sosegado e impermanente como las fisuras del pensamiento.


jueves, 4 de enero de 2018

ENCUENTROS


A menudo uno se encuentra con las imágenes del pasado, aquellas que jamás existieron... como hermosos sueños.

martes, 19 de diciembre de 2017

NANET ZAMORA DAZA: “PINTAR ES MI DESTINO”

NANET ZAMORA DAZA:
“PINTAR ES MI DESTINO”
El cielo prometía una mañana lluviosa entonces apuré mis pasos por la Azurduy, la Abaroa y finalmente trepé la calle La Paz, por Huayrapata, me detuve frente a una pequeña tienda y pregunté dónde vivía Nanet Zamora.
Antes de ese día, conversé con él durante algunos minutos mientras esperábamos la premiación a los ganadores de un concurso de dibujo y pintura. Fue cuando acordamos la entrevista y sin comprometer a la memoria pidió que le haga recuerdo. Conocí sus cuadros así como quien conoce el cielo en una postal, mi apreciación sobre ellos no pasaba de una ensoñación ignorante. Acercarse a este artista en sí representaba un desafío, sentía que su obra desafiaba ciertos prejuicios que hasta entonces yo había construido.
Correspondía ser puntual ese lunes de octubre. Toqué el timbre -oculto detrás de la puerta del jardín- cuando el reloj marcaba las 10 en punto. Casi inmediatamente salió Nanet Zamora y me invitó a entrar. Cruzamos un corto pasaje, ahí se escondía el Toyota blanco Starlet,  lo vi muchas veces en él colgado del volante cual gimnasta de argollas zigzagueando las calles congestionadas de Sucre.
Pasamos por la sala rodeada de amplias ventanas y provocadoras pinturas que no están ahí para decorar el ambiente, es innegable que son guardianes de su autor, o si se quiere, fantasmas omnipotentes. De los pasillos y de las gradas sobresalen brazos y puños retadores o quebrajados rostros andinos… así llegamos a su estudio, cuadros apilados de todos los tamaños, un estante abarrotado de libros y revistas, antiguos equipos de sonidos, una mesa grande de dibujo, y al fondo, desde un ventanal enorme se ve el Obispo… allá a lo lejos.
De espalda al tenue sol, se sentó en una envejecida silla mecedora, en eso, reafirmó su convicción que su pintura es “eminentemente social” porque según don Nanet las particularidades de una obra artística son conferidas por el entorno, esto es, que el artista es producto de la sociedad de la que es parte. Entendiendo así su rol en el mundo, no duda en aseverar que el artista es una especie de pararrayos. “Uno pinta por algo y para algo, es un desahogo porque es una forma de mostrarse a uno mismo. Seguiré trabajando en ese sentido”.
Nanet Zamora se formó en la más importante escuela de arte que tuvo Sucre y el país “Zacarías Benavides” (1939-1974), más tarde se dedicó a enseñar en este centro cultural del mismo modo que lo hicieron –por ejemplo- Juan Rimsa, los hermanos Imaná, Walter Solón, Pedro Querejazu Leytón, Josefina Reynolds, Enrique Valda del Castillo y el maestro de don Nanet, el ecuatoriano, Luis Wallpher Bermeo.
La obra de arte es como un hijo que largas a la sociedad para provocarla y en eso se espera la respuesta, pero muchas veces la respuesta nunca llega y no llega por influencia del nivel cultural del espectador”.
Corta su respiración y se detiene… mira a cualquier parte y da la impresión que por un instante prefiere quedarse en otro lugar. Sabes, me dice,  muchos han valorado mi trabajo desde la perspectiva política y han dicho “este es un izquierdista terrible”, entonces terminan rechazando la obra. Por el contrario, los izquierdistas piensan que las pinturas son propaganda y quieren utilizar con esos fines. “Ninguno de los dos entiende el mensaje plástico, por eso cuando lanzamos un producto a la sociedad es incierta la respuesta, generalmente no hay”.
En tono sarcástico cuenta que algunos compran sus cuadros de acuerdo al color del sofá o de la alfombra. “Esa gente no se ubica con la obra, entonces uno se sonríe y dice venderé pues, pero sabemos que ese cuadro no está yendo a buenas manos. La gente ha perdido el buen gusto, salvo escasas excepciones”.
Y así, don Nanet describe algunos momentos de su vida y se vuelve a reír cuando reconoce que nunca fue buen alumno en el colegio, lo que le obligó a tropezar muchas veces con las calificaciones, es que su pasión por el dibujo y la pintura jamás le dio tregua para enfrentar a las matemáticas o la biología, con todo, ingresó a la carrera de Odontología y alcanzó la titulación, pero nuevamente los colores y las formas le empujaron a abandonar todo aquello que no ayude a la imaginación. “Nunca dejé de pintar, pintar es mi destino y me siento contento con eso”.
Este artista no es de los que se dedica a dibujar o pintar paisajes, aunque sí lo hizo alguna vez, los barrios arrinconados y las casas abandonadas casi sepultadas son los espacios preferidos por Nanet, rostros y miradas que no se pueden ocultar porque son como los balcones de madera enmohecida: están siempre a punto de caer, pero son más fuertes los quebrados tablones que el brillo de las cremas. “Esas calles tienen fuerza plástica: el color y las paredes derruidas son motivos y sensaciones importantes que solo el arte puede transmitir”.
Este pintor, como le gusta que así le llamen, recuerda que enseñó a muchos jóvenes, ahora algunos son artistas exitosos, otros prefirieron ser arquitectos, contadores o abogados. “Es muy interesante la búsqueda entre el maestro y el alumno. Hay que aprender a ver y a sentir, eso hay que enseñar, creo que el público también debe aprender”.
Durante más de media hora conversamos sobre su trabajo artístico y la producción cultural en la ciudad de Sucre y al final surgió -creo de manera forzada- una pregunta destinada a recibir una respuesta obvia ¿quién es un artista? “Hoy, todo el mundo se cree artista y ahí tienen la culpa los medios de difusión, porque hay una diferencia muy grande entre quien interpreta una obra -sea cantante, actor o actriz- y quien la produce, él es el artista”.
Inmediatamente vino un corto silencio que me obligó a repasar el orden del cuestionario, don Nanet interrumpe mi aletargamiento y recuerda que junto a otros trabajadores fundó Televisión Universitaria en 1974, posteriormente fue director de cultura de la Universidad de San Francisco Xavier, desde esa época, dice en tono de broma, le pisa los talones al Canal porque está convencido que este medio no debe competir con nadie ya que su misión es apoyar a la educación y al arte. En eso, reiteró el pedido de los artistas plásticos de Sucre a la casa de estudios superiores, reabrir la escuela de arte “Zacarías Benavides”, que gracias a la gestión del rector Guillermo Francovich pasó a su dependencia en 1950. “Ojalá la Universidad se sensibilice con el arte, porque hace mucho tiempo perdió el horizonte cultural”.
Desde su estudio, matizado únicamente por su sombra, se observa la serranía del Obispo, el cielo y sus celajes, que junto a la brisa parece que incitaran a un viaje interminable. Caminamos por unos instantes y presuroso saca de todas partes cuadros grandes y pequeños, luego me muestra su último trabajo, es la reinvención en base a una de sus obras antiguas, esta vez le dio otra tonalidad y otros brillos a las montañas creando así una nueva propuesta.
Abriéndose paso entre los caballetes, los cuadros y los libros, asegura –como burlándose de sí mismo- que superar los ochenta años trae algunas complicaciones, en su caso, su visión es menor cada vez lo que complica su producción pictórica. Luego de algunas fotos, y mientras salíamos de su casa, me sigue explicando las diferencias entre los cuadros que están codeándose unos a otros, como si se tratara de una sala de exposición.
“El tiempo pesa y ahora tengo problemas de visión, eso es natural, pero las ideas siguen y quiero seguir trabajando y seguir pintando, por eso continuo buscando ideas y motivos nuevos, esa es mi misión… bueno hasta donde uno pueda llegar”.
Javier Calvo Vásquez
Sucre, 9/noviembre/2017


martes, 12 de diciembre de 2017

martes, 5 de diciembre de 2017

EXCESOS


Le advirtió que sorprender a la muerte no es buena idea.  Desde entonces aprendió a reír a su lado y cantar en el pretil de la acera.
Corrían de puntillas por los rieles mientras la ronca voz del maquinista les carajeaba  y  los perros callejeros corrían a la par confundiendo su ladrido con la chirriante frenada de las ruedas de acero.
Su debilidad fue el cigarrillo. Postergaron muchos compromisos y abandonaron el deporte y las reuniones sociales por unas fumadas. No importaba la marca, el tamaño o si tenía grietas.  Una noche, bajaron rumbo a la casa de ella fumando el Derby de cajetilla naranja, sus pasos parecían correr y sin proponérselo  no dieron sosiego  a los pulmones y los puchos se prendían y botaban, se prendían y botaban.
Pasaron por su casa y volvieron a subir.
“…te vi palidecer, me viste palidecer, transpiramos caliente y frío hasta que en la puerta de la universidad comenzaste a vomitar,  y yo, vomité  en la puerta del hospital”.
Reía y limpiaba los labios de él con un pañuelo que guardaba marcas de lápiz labial, luego se frotó los dientes con el mismo pañuelo sin dejar de reír. Se sentaron en una pequeña plazuela a media luz debajo de un árbol de pino.
- Qué casualidad, dijo,  
- De niño trepaba este árbol y junto a mis primos fumábamos los cigarrillos robados a mis tíos.
En diciembre sentían que todo era posible, nadie conseguía quitarles la alegría. Quizá la lluvia y lo que quedaba de ella les motivaba a viajar… a pie y por las vías del tren, cuanto más se alejaban de la ciudad, más crecía la emoción. En esos días aprendieron a nadar en una poza del río Yura que les impulsaba, sumergía y les obligaba a flotar. “Me veías riendo en la playa con tu  polera mojada y transparente. Así aprendimos a nadar”.
En eso, la navidad les provocaba dar vueltas agazapados y con la mirada extraviada creían estar lejos de la mentira de tenerlo todo, pero muy pronto comprendieron que el empute era una ficción, no se podía contra la navidad porque estaba en todas partes, así que preferían emborracharse. En una oportunidad, compraron un litro de singani a granel, lo llenaron en una bolsa transparente mezclado con refresco en polvo y desesperados agujerearon la punta de la bolsa y empezaron a beber sentados a los pies de una puerta abandonada, “muy lejos del centro, cerca del cerro, saliendo de la ciudad”.
Un día, ella le preguntó cómo quisiera morir.
-Pansa al sol, dijo,
-Sumergiéndome en una piscina de cocaína.
Ella le vio feo y él empezó a reír. Más tarde le tranquilizó al explicarle que jamás podría hacer realidad ese sueño porque nunca tendría tanto dinero como para llenar una piscina de cocaína.
- Sí, quisiera morir riendo aunque simuladamente, pero riendo.
Cantaban por las calles sin importar el tono ni la memoria. “Ese momento era infinito…”. Les gustaba Gian Franco Pagliaro, aunque más tarde lo calificaron de cursi. “Nunca estábamos solos, eran nuestras las palabras y cualquier lugar era nuestro hogar, porque todo lo compartíamos incluso el odio a los tiranos y los soberbios”.
Cuando él propuso tener una hija ella se espantó, pero no tardó mucho en volver a reír, desde entonces no salieron de la cama y en el baño contaban los segundos a la espera de una leve señal de la prueba rápida. A pesar de no tener una casa ni trabajo, el riesgo de tener una hija les excitaba y apostaban todo a la casualidad. Era como cerrar los ojos y lanzarse a un precipicio con la única certeza que les  espera un lago profundo o las filosas rocas.
Ella, repetía los tipos del tejido muscular y la estructura de las células caliciformes, contaba con los dedos los glóbulos rojos, determinaba mentalmente el valor del hematocrito y se veía fluir por la corriente sanguínea. Él, en el otro extremo de la mesa, intentaba comprender a Foucault.  Las bocas llenas de p’iqchu, con litros y litros de agua, cigarrillo Casino y Legía. “Que lindos días…  buscábamos pretextos para seguir estudiando y no ir a dormir”.
Nadie se sorprendería si él un día decidiera suicidarse, es más, sus padres, sus hermanos, la madre de su hijo y su hijo en silencio aguardaban esa noticia. Menos ella. Estaba segura que no lo haría por cobardía o apego a la vida, lo conoce tan bien que sabe que él no tiene tiempo para matarse, porque puso en sus hombros un montón de compromisos y responsabilidades, incluso las hormigas confiaban en él.
Pasaron 20 años para encontrarse en Sopocachi y sentarse con las piernas cruzadas en un banco de piedra sin espaldar. Fumaron hasta la mitad de cada cigarrillo y comenzaron a contar los omeprazoles, ketorolacos e irrigores que consumían durante el día y comentaron sobre el inoportuno sueño que les impedía terminar ver una película.
y volvieron a reír
a lanzar carcajadas interminables mezcladas con atragantadas salivas.
Javier Calvo Vásquez

Sucre, 4 de diciembre de 2017